TIERRA DE HIPOPÓTAMOS

Una que otra vez, las madrugadas de los habitantes de Doradal, corregimiento de Puerto Triunfo (Antioquia), se salen de lo común. Inesperado, callado, lento, sosegado, se pasea un hipopótamo por algunas calles. Quienes aún no duermen lo pueden ver pasar, imponente y tranquilo. Le toman fotos y graban videos. Los más osados lo persiguen. Aunque están acostumbrados, la algarabía se apodera de ellos cuando aparece.  Todos aman a Pepe, como de cariño lo llaman.

Pepe es solo un nombre. Nadie puede saber que el hipopótamo que deambula por el casco urbano siempre sea el mismo. Pero los lugareños se convencieron de ello y están seguros de que ese que han visto, los visita porque los aprecia. 

“Es la mascota del pueblo, nosotros lo queremos mucho, lo cuidamos y no queremos que lo saquen de aquí. Él aprendió a convivir con nosotros y nosotros con él”, dicen mientras sacan sus teléfonos y muestran las imágenes que han logrado tomarle.

Foto: Guillermo Ossa / EL TIEMPO

Rosa Orozco cuenta que desde que tiene memoria el animal se pasea por el pueblo, pero nunca ha escuchado de algún ataque. 

“Él es mansito, no es bravo ni grosero, la gente lo rodea, le toma fotos, se divierte en verlo, pero nadie lo ataca. Demás que se siente orgulloso de que todo el mundo lo esté mirando y lo quieran tanto. También sabemos que no lo podemos tocar y que debemos ser prudentes”, expresa desde la puerta de su casa, a pocos metros del lugar por donde sale el espécimen.

La mujer forma parte de una comunidad única en Colombia y América Latina. Según los expertos, única en el mundo aparte de África, pues fuera de ese continente, solo en el Magdalena Medio antioqueño habita una manada libre de hipopótamos. Por ello, Pepe podría ser cualquiera de los casi 50 que hay Doradal. 

A una media hora de la casa de Rosa están ubicados los predios donde la manada vive. Allí, en una de las casi 20 lagunas que hay alrededor, inseparables y sumergidos en el agua, hay tres hipopótamos, uno de ellos es una cría. Este cerco líquido es elegido por las hembras cuando van a tener a sus hijos, buscando que la manada no los mate y, más o menos cuatro meses después, regresan al grupo.

"También sabemos que no lo podemos tocar y que debemos ser prudentes"

Esta laguna es la más cercana a las viviendas, por lo cual es común que los pobladores los vean pastando cuando no hace calor o pasada la medianoche. A menos de un kilómetro están ubicadas la escuelita rural, la tienda y una vía por la que transitan a diario las personas.

Humanos e hipopótamos están separados por un alambrado de púas y el recelo que se tienen unos a otros. En esta parte del corregimiento, los habitantes son mucho más conscientes de que conviven con animales bellos y tranquilos, pero altamente peligrosos. 

A lo largo del camino hay señales que indican el riesgo de encontrarse de frente con alguno de estos individuos, que pueden llegar a pesar hasta tres toneladas y media.

A sus 15 años, Diego los ha visto en muchas ocasiones. No les teme, pero sabe con certeza que si se acerca demasiado o los molesta, puede ser catastrófico. Así se lo enseñaron desde que era un niño y aún hoy, la Unidad de Gestión Ambiental Municipal y Cornare, autoridad ambiental a cargo de la situación en la zona, llevan folletos para recordar que aunque no parezca, los pobladores están en peligro.

“No les tengo miedo, pero sé que si me coge me mata, mi papá me enseñó que cuando vea un hipopótamo, me mantenga lejos. No se pueden joder porque a veces se le tiran a uno y creo que corren a 60 kilómetros por hora y pesan como tres toneladas”, cuenta el adolescente, quien recuerda que alguna vez un tío tuvo que huir luego de molestar a uno de los que estaba en la laguna.

Artículo tomado de EL TIEMPO:

HEIDI TAMAYO ORTIZ
Enviada especial a Puerto Triunfo
@HeidiTamayo​

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